Alejandro Astola convierte el Club Sauvage en un refugio de canciones inéditas

En la era de los ritmos latinos y las bandas tributo, el músico sevillano llena salas apostando por canciones que aún no existen en las plataformas. Una crónica sobre la noche en que la sala Club Sauvage de Barcelona se convirtió en el salón de casa de Alejandro Astola, un artista que se atreve a pedir silencio para ser escuchado.

Alejandro Astola - Club Sauvage Barcelona (2)

El primer aplauso de la noche llegó justo en el momento en que Alejandro Astola pisó el pequeño escenario de madera de la sala Club Sauvage de Barcelona este domingo. Lo hizo cerca de las 21:15h, un cuarto de hora después de lo previsto, pero eso no desanimó ni un ápice a un público que pagó los 25€ de la entrada sin saber lo que se iba a encontrar.

El cantautor sevillano lo había anunciado previamente en redes sociales: seis canciones conocidas y el resto, inéditas. Pero en la cuarta y última noche de concierto en Barcelona colgó el cartel de sold out, igual que en las anteriores, desde semanas antes del evento.

Encima del escenario, un sofá rojo y varias lámparas recreaban un salón improvisado. Dos guitarras descansaban a un lado. En una mesa baja, una botella de vino y dos copas anticipaban el brindis de una noche que prometía ser difícil de olvidar.

De vuelta al origen

Con sus abrigos colgados en la barra y muchos con una copa en la mano, los asistentes pudieron cantar el tema que abrió el repertorio de la noche: Ojalá. Y es que esta era una de las pocas cosas que el público de Alejandro Astola podía intuir de todo lo que estaba por llegar. Esta es la primera canción que vio la luz en su nueva etapa como artista y tiene el mismo título que la que lo dio a conocer al mundo en su etapa con Fondo Flamenco. Una manera bonita de empezar de nuevo, de convertirse otra vez en el niño que un día fue y que todavía lleva dentro.

El público acompañó a Astola cantando la letra de principio a fin y descubrió una nueva forma de vivir un concierto en el siguiente tema. Una que va de escuchar y prestar atención, aunque bailando y tocando palmas, en lugar de cantar y crear un coro que tapa incluso la voz del artista.

El músico sevillano intercaló canciones conocidas con otras nuevas que arrancaron aplausos incluso antes de terminar. Unos aplausos que, en esta gira del cantante y compositor, son más importantes que nunca: elegirá los temas que formarán parte de su próximo disco según la acogida que tengan entre esos seguidores que lo han “acompañado en esta locura” de conciertos.

Con su ya característico pañuelo al cuello, un cuaderno en la mano y la única compañía de un guitarrista que se sumó a la gira “Mi guitarra y yo” en el último momento tras sufrir Astola un problema en la mano, el cantante ofreció en esta sala de la Plaza Reial de Barcelona un concierto íntimo y de lo más humano.

De tú a tú

Los fans de primera fila podían tocar el escenario, el cantante podía ver las caras de muchos de ellos y, más importante que eso, quiso interactuar con su público. El calor en el sótano del Club Sauvage era intenso y Alejandro Astola no dudó en pedir un abanico que recibió de una joven sentada a la derecha del escenario. Hizo circular una libreta para que todos los asistentes le dejaran unas palabras que él leería después en la carretera, al refugio de su furgoneta. Y también un álbum que recogía los cuadros que su abuelo pintó durante años, para que todos sus seguidores pudiesen apreciar su talento.

Entre cercanía, canciones sorpresa que el público alabó con gritos y aplausos y otras como La Torre del Oro, que llenaron la sala de ritmo y festejo, el reloj avanzó hora y media. Entre tanto, Astola pidió dos veces al público que le hiciese un hueco para bajar y cantar entre él. La última, para cerrar un espectáculo que en nada se le parece a los que ofrecen muchos cantantes en la era de los ritmos latinos y las bandas tributo.

Lo hizo con La Primavera, una canción ya viral en redes sociales en la que los asistentes bien podrían haberse hecho escuchar incluso desde la calle. Lo repitió varias veces: esa noche, a diferencia de las anteriores, la sala no le metía prisa. Así que pudo invitar a sus fans a subir al escenario, sentarse a su lado en el sofá, hacerse unas cuantas fotos y compartir con él las impresiones de un concierto en el que se rebela contra el mundo y la industria musical.

En una época en la que priman las versiones, Alejandro Astola llenó la sala apostando por canciones que aún no existen para el público. Y, durante hora y media, demostró que la música, cuando es sincera, no necesita ser conocida para sentirla. Para él es una locura haber hecho sold out con meses de antelación en los cerca de 80 conciertos de la gira apostando por lo inédito. Si eso significa 80 noches como esta, quizá la locura sea quedarse en casa.

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