Estatuas de carne y hueso: arte que sobrevive en la Rambla

A propósito de la transformación de las Ramblas de Barcelona, rescato esta crónica de mi archivo personal realizada en 2013. Aunque el pavimento se renueva y el diseño urbano cambia, la situación de vulnerabilidad de quienes fueron el alma de este paseo permanece intacta. Edito este texto como un ejercicio de memoria sobre un oficio que se desvanece entre maquinaria y nuevas normativas.

El dedo índice de la Dama Antigua dibuja líneas con maquillaje sobre su frente, borrando los aproximadamente 35 años que marca su carné de identidad. Está sentada, tiene un bote cosmético sobre sus piernas y un espejo negro que sujeta con la mano le devuelve la imagen de una transformación que cuesta 220 euros anuales. Son las 15:40h y, mientras Barcelona vive a toda prisa, en la Rambla de Santa Mónica el tiempo se detiene a golpe de disfraces y quietud absoluta.

El turno de tarde de las estatuas vivientes está a punto de empezar. La artista, ubicada ante una pequeña placa metálica anclada al suelo que indica el número 14, se pasa ahora el dedo por los pómulos y la nariz. A su izquierda, frente a la placa número 12, un chico un tanto más joven que ella deja sobre el pavimento unas alas enormes y un casco dorado del que sobresalen unos largos cuernos. Va vestido con un traje negro ajustado y, con una toallita mojada, se intenta quitar la pintura brillante de la cara. Sus horas como Dragón han terminado.

A pocos metros, justo al lado de la parada de metro de Drassanes, un hombre de barbas blancas termina de quitarse el disfraz. Se agacha a por el bote que tiene delante y deja caer las pocas monedas que ha recaudado durante la mañana en el interior de su mochila negra. Coge su bolsa, se monta en una bicicleta roja y se va.

Han pasado 10 minutos y la Dama Antigua está a punto de dejar de ser persona para convertirse en personaje. Mete los brazos en las mangas del disfraz, dorado con sombras grises, y no le lleva más de cinco minutos estar lista para comenzar su jornada laboral. El Ayuntamiento les da un permiso de seis horas, pero la artista no es capaz de soportarlas. “Yo solo vengo cuatro horas diarias; esto es muy duro y mi cuerpo no aguanta más”, declara. Permanecerá de pie todo ese tiempo, sin moverse ni un ápice, y no gesticulará más que de tanto en tanto, cuando algún turista se acerque a ella. Es algo que no ocurre muy a menudo. Además, tampoco suelen ser demasiado generosos. “Ahora la gente solo da calderilla y es muy difícil vivir de esto”, afirma esta estatua humana.

En la cara del Dragón sólo quedan pequeñas manchas de maquillaje dorado. Lleva, como cada día, desde las 9 de la mañana en este tramo del final de las Ramblas. Hace el turno de mañana, y tarda una hora en prepararse. No le disgusta el sitio en el que están ahora, después de que el Ayuntamiento los trasladase hacia una zona más baja del paseo, porque sigue pasando mucha gente por ahí. La precaria situación que están viviendo, afirma, ya venía de antes. “Esto no nos da para vivir, y menos si contamos con el canon de más de 200 euros anuales que tenemos que pagar por estar aquí”, lamenta.

«Esto no nos da para vivir»

Año tras año, los candidatos a convertirse en las estatuas vivientes que llenan de arte las Ramblas de Barcelona deben presentar sus currículos al Ayuntamiento. Ahora es un jurado el que decide quién debe ocupar esos puestos de apenas un metro cuadrado delimitados por placas metálicas en el suelo. Se les requiere haber participar en, al menos, una obra teatral en los últimos tres años. Asimismo, se valora la creatividad, la innovación y el saber conectar con el entorno.

Podrían ser muchas las personas que optasen a conseguir una plaza, pero cada vez son menos los interesados; supone mucho esfuerzo y hay pocas ganancias. El Dragón es uno de los 27 artistas que fueron seleccionados en el casting, al que en esta ocasión se presentaron tan solo 35 aspirantes. Insiste en que no puede vivir de esta modalidad de arte callejero, pero su pasión por ella lo llevó a presentarse al concurso para poder mostrarle a la gente algo que a él lo entusiasma.

Especialmente los turistas se muestran encantados con la presencia de estas estatuas vivientes que se exponen durante horas ante miles de ojos cada día. “Están muy bien caracterizadas y la mayoría son muy originales”, comenta Nerea, una estudiante de León que está de viaje de estudios en la Ciudad Condal. “Creo que hacen muy buena labor; ni ensucian ni molestan”, añade. “En León pusieron dos estatuas y la gente alucinaba; para mí era normal porque he venido varias veces a Barcelona, pero allí era algo maravilloso”, recuerda. En el lado opuesto están muchos comerciantes y vecinos, que sostienen que estas estatuas vivientes no aportan nada a la ciudad y dan mala imagen de ella.

La Dama Antigua ya está completamente vestida. Pasan cinco minutos de la cuatro de la tarde y su traje dorado brilla con la luz del sol. Respira hondo y se pone de pie; se olvida casi hasta de respirar. No importa que se la observe fijamente: no se aprecia ni un ligero movimiento en ella. Un parpadeo lento de vez en cuando. Después, apenas pequeñas sonrisas cómplices a algún niño. Han pasado cerca de veinte minutos cuando una criatura de unos siete u ocho años, de pelo largo y rubio, se le acerca. Deja caer una moneda de color cobrizo en la lata que hay apoyada en el suelo y la estatua responde con un pequeño balanceo de brazos. Poco después, estira el derecho, muy despacio, para coger por los hombros a una mujer que quiere fotografiarse con ella.

En este tiempo, el Dragón ha terminado de recoger. Bolsa en mano, se ha despedido con prisas porque llegaba tarde a trabajar. Se dedica al arte porque es lo que más le gusta en este mundo. No obstante, no puede vivir de él. Por eso, tras seis horas inmóvil en uno de los lugares más transitados de Barcelona, convertido en atracción turística, se marcha a pintar casas. Sus músculos están entumecidos, pero necesita tirar de rodillo y brocha para llegar a fin de mes.

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